Cadena 3

Historia de un éxito

Hace 50 años se subía al taxi Rolando Rivas

La novela de Alberto Migré supo conquistar a la audiencia masculina y sumó público al género gracias a un relato que mezclaba sabiamente una historia de amor con referencias a la cotidianeidad.

07/03/2022 | 09:57

Por María Rosa Beltramo

Dicen que hace 50 años alguien advirtió que, inexplicablemente, fracasaban por falta de quorum las reuniones del consejo directivo de la CGT convocadas para los martes a las 22. Tras un par de intentos fallidos, el problema se solucionó mudando los encuentros a los miércoles. ¿Qué pasaba? Los martes a las 22 canal 13 ponía al aire “Rolando Rivas, taxista”, la primera novela que según su protagonista, Soledad Silveyra, tuvo público masculino en una época en la que ningún hombre se animaba a confesar que vivía pendiente del todavía incipiente romance entre el tachero de voz grave y pelo renegrido y la rubia distinguida de doble apellido.

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Se cumple medio siglo exacto de la creación de Alberto Migré, un éxito de antología que en los dos primeros meses casi no tenía rating y que después explotó hasta convertir en leyenda a sus intérpretes. La fórmula era de una gran sencillez, la pareja despareja, el mundo del trabajo y el de la alta sociedad divididos por muros aparentemente infranqueables a los que el amor derriba de un soplido.

Y además la pluma de Migré, un tipo que se tomaba en serio el trabajo y era capaz de reescribir 20 veces un diálogo hasta dar con las palabras exactas para transmitir sensaciones. Y además, para sostener ese andamiaje, un elenco de lujo. Pasaron por la telenovela, China Zorrilla, Laura Bove, Beba Bidart, Nora Cárpena, Pablo Codevila, Marcelo Marcotte, entre otros.

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Alberto Migré fue consultado en decenas de ocasiones sobre la fórmula que aplicó para que su historia consiguiera paralizar el país. Dio montones de respuestas, no siempre parecidas, pero en realidad ninguna de ellas explica exactamente la clave porque si no, ya habrían elaborado un tutorial.

En realidad hay acuerdo acerca de que aunque la relación amorosa entre Rolando y Mónica Helguera Paz fuera tan convencional como el de Juan Carlos Dual y Nora Cárpena que en otro canal hacían “Me llamo Julián, te quiero”, lo distinto era la forma como consiguieron transmitir la cotidianeidad de las reuniones familiares, el lenguaje empleado, cierta habilidad para meter en la ficción retazos de la realidad. No hay que olvidarse que hubo hasta un militante de Montoneros en el relato y que, cuando repusieron la novela durante la dictadura militar, se ocuparon de editarla para extirpar de la historia cualquier referencia al tema.

El fenómeno fue analizado por Liliana Viola en el libro “Migré, el maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país”. Al igual que auténticos clásicos cinematográficos que estuvieron plagados de dificultades -el principal caso es “Casablanca”, que nadie quería protagonizar- no fue fácil hacer “Rolando Rivas” ni convencer a los dueños de los canales.

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Viola dice que Migré  tomó el guión y fue derecho a canal 9 . “¡Estás loco, Alberto! ¿Cómo se te ocurre hacer una novela adentro de un taxi?”, asegura que le respondió Alejandro Romay. “No hay plata para semejante disparate”. Todavía no había llegado al país el videotape y había que salir a la calle con equipos pesados, difíciles de trasladar.

Por eso el autor se fue a la competencia. Y en canal 13 tampoco se volvieron locos ni hubo nada que tuviera la capacidad de anticipar el golazo que se venía. Sin embargo, algo de fe tuvieron y aceptaron el proyecto a cambio de que el escritor aportara otros dos argumentos, por si lo del tachero y la rubia no le importaba a nadie.

La novela demoró un poco en arrancar pero cuando lo hizo fue imparable. Y como dice Solita, estuvo entre las primeras con audiencia de hombres y mujeres, con varones de pelo en pecho a los que se humedecían los ojos en los momentos difíciles de la pareja y que dejaban a instituciones masculinas sin quorum para sentarse frente al televisor.

Todos querían hablar como Rolando, fumar como él, atravesar el empedrado de alguna calle porteña camino al encuentro con Mónica, con la música de la novela.

En su libro, Viola recuerda que en 1972 García Satur era percibido como un antigalán y todavía no había tenido un contrato anual. Migré supo contar que no tenía claro a quién darle el papel y que un día salió del canal y Satur estaba hablando, de espaldas, en un teléfono público. “Ya está” se dijo. “Este es Rolando”. Cincuenta años después el tachero todavía enamora a bordo de un taxi que siempre  será un símbolo porteño que extraña todo el país.

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